Las paredes orgánicas de la cámara se dilataban, llenando el espacio con un vacío no respirable que impedía la existencia de aire. En su lucha por respirar, el habitante tiraba de los órganos dispuestos sin sentido por las paredes, provocando una sangría de vísceras, tratando de llegar más allá, mientras de las paredes y del techo aparecían extremidades que se asemejaban a las de algunos insectos, atravesándolo como lanzas óseas y golpeándolo como martillos de cuerno. Las entrañas arrancadas y esparcidas por el suelo transmutaban en una espesa nada que flotaba e inundaba el techo de la estancia, formando unas nubes pesadas que descargaban una lluvia abrasadora que, tras rasgar la piel y caer, formaba una espesa niebla de vapor agobiante que entumecía el cuerpo, y que acabó por sumir al habitante en un estado de enajenación. Las paredes se contraían y dilataban ahora con violencia, se hacía imposible seguir excavando una vía de escape. El habitante, exhausto por la lucha y por el ambiente hostil, ya sin aliento, se sumió en un extraño letargo, ajeno al comportamiento de la cámara. Tan sólo oía una tremenda respiración, como si la misma estancia jadease, pero a él no le llegaba nada de aire.
Desesperado, apunto de creerse vencido, se espabiló de un sobresalto, al oír un rugido indescriptible, como el grito de un águila del tamaño de una ballena resonando en una enorme cueva en las entrañas de la tierra. Sonaba lejano, y amortiguado por las paredes de la cámara, pero sintió cómo ésta vibraba al unísono. Notó cómo la estancia había dejado de palpitar, al menos con la violencia anterior, y ya no sentía la lluvia atravesando su propio cuerpo ni la niebla llenándole los pulmones de nada, habían desaparecido; aunque el ambiente aún era pesado, como de un opaco y gastado bronce. La fuerza de la gravedad era tal que le hacía pensar que estuviese subiendo en un ascensor a la velocidad de la luz. Luchó por levantarse. Tenía una sensación de resaca, se dió cuenta de que la cámara latía lenta e irregularmente, deformándose, y el suelo se movía como si estuviera a la deriva. La presión atmosférica aumentaba por momentos, los oídos a punto de estallar. Empezó a notar turbulencias en el espacio sin aire de la estancia, como si estuviera en medio de un huracán en el fondo de un océano inmenso. No alcanzaba a ver más lejos de un par de metros de sí mismo, era como si el espacio estuviese ocupado por remolinos de una materia no tangible pero que impedía ver más allá. Con esfuerzo flotó hasta llegar a una pared, decidido a luchar con el organismo que lo tenía prisionero, pero descubrió que su prisión ahora era de fría piedra gris, cubierta en las partes lisas por un musgo del color de las tormentas en alta mar. Poco a poco se acostumbró a ver en la vorágine. El lugar que lo tenía prisionero se había transformado en algo inerte; con paredes y un techo irregular, como si las extremidades se hubieran transformado en estalactitas. En el suelo, los órganos de las paredes parecían haberse caído y esparcido, dando paso a un humus endurecido, oxidado. Ignorando la dureza de la roca, golpeó sobre el musgo con todas sus fuerzas, sin conseguir nada más que provocarse dolor a sí mismo. Dedicó su esfuerzo a arañar el musgo, que tenía un tacto áspero y fibroso. Conforme arrancaba el musgo, iba descubriendo que detrás las paredes parecían oxidadas, de extraños materiales, plásticos y metales sintéticos, muy fríos al tacto, dispuestos en placas selladas imposibles de abrir o mover. Al tiempo que examinaba la pared, escuchaba más allá cómo la tierra se desplazaba y agrietaba, pero en orden, como si adoptara otras posiciones en las que encajara perfectamente, como si la formación de un continente se hiciera en minutos y premeditadamente.
La cámara reaccionó, palpitaba otra vez, con menos fuerza pero con la violencia suficiente como para desprenderse la roca de las estalactitas. La roca caía, llenando el suelo, y descubría en el techo y las paredes unas extremidades sintéticas, consistentes en mecanismos, fibras de vidrio, agujas, tubos llenos de fluídos, raíles, luces. Un dispositivo que asemejaba un tentáculo mecánico acabado en lo que parecían unas pinzas de cangrejo lo persiguió por la claustrofóbica extensión de la cámara, hasta que se vió acorralado en una esquina, atrapado de repente por unas correas que aparecieron de la pared, desplazándose por unos raíles que parecían cosidos a las paredes, frías y metálicas pero palpitantes, como si tuvieran vida, pero no propia, de origen sintético. Permitían tenerle prisionero por el torso, incapacitado para desplazarse libremente; parecían haberse situado ahí a propósito, la voluntad de la estancia sintética y su propio subconsciente eran una misma cosa luchando contra sí misma. El tentáculo acercaba sus pinzas con el rugido de las turbinas de un avión, provocando a la estancia comprimirse en sí misma. Las pinzas se abrían y cerraban, mostrando en su interior una lengua de diminutas agujas amenazantes, el tentáculo vibraba con arterias palpitantes conforme se acercaba más. Luchó por liberarse, pero la lengua se transformaba en dientes y garras que cortaban el vacío al desviarlas con los brazos, que tenía libres, abriendo agujeros negros de los que brotaba un aire gris, provocando el sonido de arranque de una locomotora de vapor y dejando una esencia de combustible en el ambiente, que era seco, limpio y esterilizado, como un hospital. El habitante, que logró atrapar en sus manos las pinzas, estranguló el tentáculo hasta que dejó de latir y se quedó rígido. Se fijó en una marca que había en la interfaz que lo conectaba con las pinzas, era como un logotipo. Las pinzas lo sorprendieron ensimismado, examinando el logotipo, dándole un tajo en un hombro que le abrió la piel. Sorprendentemente, no le provocó dolor. No sangraba. Soltó el tentáculo y se fijó en la herida. Examinaba allí donde la piel y la carne se habían levantado, dejando al aire unas articulaciones que no eran óseas, sino del mismo material sintético presente en las instalaciones que lo albergaban, mientras el tentáculo lo rodeaba y las correas se aflojaban. Examinó el material en su propio cuerpo, descubriendo otra marca, esta vez con tiempo suficiente para leerla al completo. Las pinzas le agarraron la cabeza y horadaron su cráneo de plástico y metal, llegando a conectar con un interfaz escondida en su interior. Todo se oscureció. Lo último que recordaba era ese logotipo en el interior de su hombro, que reconoció como el mismo que había descubierto en el tentáculo, acompañado de las palabras: Somatica Enterprise.
AA - 11,12 / 06 / 09
